Meseta de SOMUNCURÁ
 


El Dr. Carlos Hugo Mercapide, oriundo de Ingeniero Jacobacci, poblado al Oeste de la Meseta, tiene una prolífica producción de cuentos y relatos inéditos. Hemos elegido este, que es una pincelada de la dura vida en Somuncurá, para compartir con ustedes y complementar este breve pantallazo que pretendemos dar de esta inhóspita región donde la naturaleza manifiesta a sus anchas su poder y arbitrariedad.

Podrán leer más de la obra de Carlos Hugo Mercapide en Loscuentos.net - CalideJacobacci.

Que lo disfruten...

Cuento
 


Carlos Hugo Mercapide
(CalideJacobacci)

Somuncura

" Hay que soñar la vida,
para que sea cierta "

(Armando Tejada Gomez)

 

Abrió los ojos muy poquito, apenas una línea finisima entre sus párpados. Miró desde abajo del quillango la oscuridad en el interior de la ruca.

En un respingo el perro cambio de posición la cabeza sin despertarse, dormía acurrucado junto a su espalda no dejándolo mover casi.

Era un bulto calentito apretado contra el.

No habia sonidos, solo el respirar del faldero. El otro, el más grande, parcamente distinguía su pelo negro entre las penumbras, echado junto a la puerta. Sin moverse.

En el aire del refugio se mezclaba el frío de las hendijas con el olor a humo y a grasa, que impregna las pilchas y los rincones.

La fogata se había apagado hacia horas, en la soledad de la noche, cuando las estrellas estaban aun en lo alto del cielo. Algunas brasas dormían encendidas, bajo la capa de cenizas blancas.

Como un montón de nieve seca.

Dejando de lado la cobardía de las mantas tibias, encaró la mañana, que lo recibía recién nacida. Apenas corrió la puerta, lo abrazó el viento del invierno en Somuncura.

Volaba afilado de pasar las bardas, de hundirse en las grietas, de meterse en el corazón de la piedra para clavarse asesino en la tierra, como puñaladas.

El salitre mostraba sus dientes desparejos. Desnudo el coironal, se peinaba hacia el lado que llevaba la ventisca.

Tenia la piel hermanada con ese latigazo helado que sopla y sopla desde el sur de la meseta. Habia nacido muy cerca de allí, a unas pocas leguas nomas, en un puesto mas abajo del Chipauquil. En un puesto parecido a este pero en un cañadón arbolado. Con más verde, y con más gente en las casas.

Juntó ramas finitas y otras más gruesas de algarrobillo y molle, lo más que pudo entre los brazos y el pecho. Le dolieron en las manos las espinas y el frío que atesoró la noche, era el dolor compañero de siempre.

Entró en la ruca empujando la puerta con los codos, tiró la leña en el suelo.

Clavó las rodillas rodeando el fuego apagado, tan cerca que el montón de cenizas se movió flotando apenas en el aire, en un ligero espanto.

Con los dedos y evitando quemarse despejó la capa blanca de arriba de las brasas, que fueron asomando una a una. Renaciendo encendidas. Las cubrió con las ramitas, las más secas, y acercando la cabeza, sopló con los ojos cerrados hasta sentir el calor y el resplandor de una llamita que nacía de la nada.

El perro inmóvil seguía sobre el quillango. Levanto la cabeza cuando el fuego fue agarrando con ganas. Le brillaron los ojos.

Agregó las ramas gruesas. De a una, cautivado por la llama que crecía. Esperó el calor todavía apoyado en las rodillas. Aproximó las manos con las palmas hacia abajo, cubriendo los chispazos.

Las dejo hasta que le dolieron.

Seguramente no recordaba cuantos días llevaba de silencio. De no pronunciar palabras. Quebrado solo por los cortos gritos y silbidos que utilizaba para llamar los cuzcos. Su rostro y su sangre tenían mucho que ver con los dueños de la tierra. Y con el silencio.

También su resignación al aislamiento y a la supervivencia.

El sol que ya comenzaba a mostrarse, planteaba el día. Miró por la ventana los mallines que blanqueaban por la helada y los animales que en grupos desparramados pastaban. Inmoviles.

Ya no quedaban familias en la meseta, los puesteros eran hombres solos con sus perros y algún matungo. Cada vez hay menos ovejas y menos chivos. Cada vez hay menos gente.

Solo el viento es el mismo.

Nunca le habían roto el corazón por amor. Nunca lo habia perdido. Era solo un latido de los sueños.

Recordó cuando se miraron muy de cerca con la más chica de los Fitahuinca, a los ojos. Y solo rieron. Primero en silencio, con el gesto, después a carcajadas. Contenidas.

Ella con las manos se habia tapado la boca, avergonzada. Pero nunca se hablaron. Ni tocaron. Ni habían vuelto a reírse juntos desde ese día. Seguro tenia el corazón sano. De eso hacia algunos años, cuando andaba por los quince mas o menos. Y ella la misma edad.

Anoche habia soñado poco o no recordaba. El día llego antes de lo esperado (Todo una y otra vez comenzaba antes de abrir los ojos).

Solo creía ver una huella apenas marcada, que se perdía mas allá de los cerros y que en ella bailaba un remolino blanco y silencioso.

Y esa imagen. La figura de un jinete solitario que oscura se aleja siempre. El ruido del galope rompiendo la escarcha. Brilloso el pelaje del pingo que avanza esquivando neneos, algunos tan altos que le llegan a la panza.

Y el jinete cada vez más pequeño contra el horizonte. El recado amarillento por los años. El rebenque cruzado en la faja. Y el remolino que envuelve la sombra que se aleja, y se van juntos, hasta hacerse un puntito de viento en la profundidad de la meseta.

Un punto que desaparece, y se hace ausencia.

No hay un remedio real contra la muerte. No hay ninguno. Solo en los sueños tendrá vivo a su padre. Y su imagen (constante) alejándose a caballo.

O cerrando los ojos y conteniendo las lagrimas. Inevitables.

 

A mi viejo.
(2001)

Carlos Hugo Mercapide (CalideJacobacci)

 

Recuerden que podrán leer más de la obra de Carlos Hugo Mercapide en...

Loscuentos.net - CalideJacobacci.


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