Cerro Zapaleri, hito tripartito
y Laguna Vilama
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Hoja 2
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Circulábamos por el sur, desde Toro a Rosario de Susques, sin track en el mapa.
Regresábamos de un infructuoso intento por la base del Vn Poquis.

Foto: Carlos Lucchini

- Mirá, mirá, la cantidad de algas verdes en el agua de este río indica que debe ser agua caliente.

- Oh... sorpresa, miro en el GPS y el río (única información que nos proveyó el aparato), se llamaba justamente "Aguas Calientes".

Foto: Eduardo Cinicola

La decepción vino cuando al estirar la mano en uno de los tantos vados, para tocar el agua, sentimos que era casi tan fría como la de cualquier arroyo.

- No, pero acordate que cuando íbamos más abajo, cerca de 4000msnm TODOS los arroyos estaban semicongelados.

Si, era cierto, acá habíamos subido unos 300 metros más y el agua de este río, si bien no estaba caliente, tampoco tenía ni una mota de hielo.

Ya casi nos habíamos olvidado del asunto cuando Lucho me grita...

- Acá, acá, acá debe estar la vertiente termal.

- ¿Pero no ves que el río viene de más arriba?

- Si pero allí no tiene algas. Y además acá el suelo suena a hueco.

Efectivamente. El piso blanco, duro y convexo me hacía recordar el de las Termas de Las Olletas en la zona del Domuyo.

Bajamos de la chata y en poco tiempo encontramos la fuente origen del agua caliente que burbujeaba entre una hoquedades de las piedras. Desde allí se escurría hasta el río que corría unos metros más abajo y daba vida a esas algas, extrañas para ese lugar.

Marcamos el waypoint en el GPS y continuamos con rumbo noroeste, aguas arriba de ese río.


Foto: Eduardo Cinicola
La vertiente...


Foto: Eduardo Cinicola
El domo.


Foto: Eduardo Cinicola
Cascada de hielo.

Unos veinte minutos y unos "cientos" de curvas más adelante, vemos asomar la torre blanca de una capilla entre las rocas.


Foto: Carlos Lucchini
Capilla.

A medida que nos acercamos va apareciendo el cuerpo de la misma y una blanca empalizada que la rodeaba.


Foto: Eduardo Cinicola

- Debe ser Rosario de Susques. Me dice Lucho

- ¿Y donde está el pueblo? ¿Dónde están las casas?

- Allí, allí tenés una.

Solo una casa, de la que asomó una solitaria mujer que dijo tener 8 hijos y que nos confirmó que, efectivamente, allí era Rosario de Susques o Rosario de Coyaguaima, como nos gustara llamarlo, ya que ambos nombres correspondían a un mismo lugar, ese en que nos hallábamos. Una casa y una capilla para un rimbombante doble nombre.

Aprovechamos para dejarle algún cartón de leche y unas provisiones así como caramelos para sus hijos que iban apareciendo, bajando del cerro donde cuidaban sus llamas.


Foto: Eduardo Cinicola
Rosario de Susques o Rosario de Coyaguayma.


Foto: Eduardo Cinicola

También vemos en una de las laderas cercanas otra construcción de piedra similar a la anterior que hubiéramos visto río abajo, en estado de total abandono. Al preguntar por ella nos manifiestan que no tienen ni idea de que se trata ya que ha estado ahí desde siempre... - Debe ser de los "antiguos" nos dice el mayor de los muchachos, de unos 14 años.

Julia, que así se lama la señora, nos confirma que a unos 6 km de allí, la huella se bifurca hacia Mina Pirquitas y hacia el Oeste una "picada" a Laguna Vilama, que nos quedarían unas tres horas de marcha. Allí notamos que ya eran las cinco de la tarde y a las siete en punto el sol se ocultaría en el horizonte y comenzaría la larga y fría noche de la Puna.

Nos despedimos y partimos raudamente a ganarle al tiempo.

La huella sigue trepando y a poco de andar nos cruzamos con otra vieja mina abandonada. Quedamos realmente sorprendidos por la profusión de este tipo de establecimientos que supo haber en lejanas épocas por esta alejada e inhóspita zona.


Foto: Carlos Lucchini
Hielo en en camino


Foto: Carlos Lucchini
Otra antigua mina abandonada.

Desde esta mina abandonada parte una muy desdibujada huella hacia el oeste. ¿Será esta la que nos indicó Julia?

A poco de andar vemos que desaparece totalmente entre coirones y rocas, debemos retroceder.
Unos Kilómetros más adelante encontramos otra huella, un poco más marcada, que apunta aparentemente al Zapaleri, único punto de referencia real y comprobado que teníamos en el GPS.

La huella sube y sube, mientas el sol baja apresuradamente para escaparse del paisaje por el poniente.

Pasamos un abra de 4.758 metros de altura y una pampa ondulada de altura se abre ante nuestros ojos.

Se adivinan muchas lagunas que chispean iluminadas por los últimos rayos del sol que tenemos justamente frente a nosotros.

Al fondo, en el horizonte, la silueta de un volcán.

- Ahí está, ahí está. Ese tiene que ser el Zapaleri. Bueno, por lo menos ya lo tenemos en foto, aunque sea un contraluz.


Foto: Eduardo Cinicola
El Cerro Zapaleri
De su cima parten las líneas imaginarias que separan Argentina de Chile, Argentina de Bolivia y Bolivia de Chile.

Continuábamos a toda marcha tratando de estirar ese crepúsculo.

Ya sabíamos que no llegaríamos a la Laguna Vilama para acampar.

Deberíamos hacerlo allí mismo, en un lugar propicio y antes de quedar a obscuras.


Foto: Eduardo Cinicola
Barrealcito.


Foto: Carlos Lucchini
Laguna del Palar.


Foto: Carlos Lucchini
Laguna del Palar.


Foto: Carlos Lucchini
Laguna del Palar.

Ya sabíamos de antemano que deberíamos dormir al menos una noche en la camioneta, en esta travesía que, planteada como estaba y sin tracks que nos guiaran, se iba a extender por más de una jornada.

Contrariamente a lo que pueda pensarse allí no hay reparo del viento, este se cuela por todos lados. El único aliado que tenemos es el sol. Por eso ubicamos la camioneta en una parte alta, apuntando al naciente y con la cola al viento.

Con eso logramos que motor y radiador sean menos castigados por el intenso viento helado de altura que se levanta al ponerse el sol y, mirando al este logramos que, en cuanto febo asome, sus rayos nos calienten a través del parabrisas, derritiendo el inevitable hielo que se formará interiormente con la condensación de nuestra respiración.


Foto: Eduardo Cinicola
Protegiendo el radiador.


Foto: Eduardo Cinicola
Crepuscular.

De comer... ni hablar.

El viento helado que se levantó ni bien "estacionamos", no nos dio oportunidad más que para bajar los bidones del baúl y hacer un poco de lugar para reclinar los asientos para dormir.

A las siete y media de la tarde (noche), unas tabletas de chocolate comidas mientras escuchábamos una lejana emisora AM boliviana, fueron nuestra cena.

La noche fue larga.

Más de 12 horas encerrados en las bolsas de dormir tipo momia, con respiración dificultada por la escasez de oxígeno propia de aquellos 4.600 metros en que nos hallábamos.


Foto: Eduardo Cinicola
Larga noche.


Foto: Eduardo Cinicola
Condensación congelada.


¿QUÉ SORPRESA NOS DEPARARÁ EL AMANECER?

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EDUARDO CINICOLA
Agosto de 2007            

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