Familiar      

Año 1.989 - A Machu Picchu en R12

ETAPA 9
De Puno a Copacabana, La Paz, Oruro, Potosí, Villazón, Buenos Aires


Amanecimos en Puno la madrugada del 26 de marzo.

Para ese día teníamos prevista la etapa PUNO-LA PAZ.

Debo comentarles que pasé una mala noche, con un poco de fiebre. (Después deduje que esa angina que me duró varios días se debió al hecho de haberme quedado "en cueros" mientras navegábamos el Titicaca, el día anterior. El sol a pleno y la delgadez de la atmósfera conspiraron para darme una errónea sensación de que el día estaba "para tomar sol". Craso error. La temperatura debía rondar los cero grados centígrados, y solo se hacía notar cuando la embarcación tomaba velocidad. Pero cuando estuvo detenida, reitero, "daba como para tomar sol" (?).

Conclusión, amanecí con 39 grados de temperatura.

Estuve más de media hora al pié de la lluvia de la ducha esperando que apareciera el agua caliente que, según nos aseguró el dueño de la posada, brindaba su hospedaje.

Cuando mi paciencia no dio para más y acudí, envuelto en las cobijas, a reclamarle, no tuvo ningún empacho en meterse como "Pancho por su casa" en la habitación, (mientras mi señora se escabullía debajo de las sábanas), para acceder al baño, extender su mano para tocar el agua que brotaba de la ducha y espetar un indiscutible "pero si el agua está caliente"!!

De nada valió explicarle que el hecho de que estuviera unos pocos grados por sobre la temperatura de congelación no significaba que era "agua caliente".

Para él ERA AGUA CALIENTE y punto.

Ni loco osé ducharme en esa lluvia estando con 39 grados de fiebre y con una temperatura ambiente de varios grados bajo cero.

Y... ¿Por qué me detengo en ese detalle casi nimio?, Bueno, pronto lo entenderán.

El asunto fue que luego de vestirnos sobre la "mugre" de dos días (última ducha en Arequipa), desayunar y juntar los bártulos, salimos de PUNO hacia el sur, cerca de las diez de la mañana.


Desde PUNO a La PAZ, se puede tomar por dos caminos.

  • Uno bordea el lago Titicaca hacia el sudeste y pasando por el pueblo de Desaguadero ingresa a Bolivia para bordear después por el sur al "hermano menor" del Titicaca, el Huiñaimarca o Uinamarca, que se halla unido al anterior en el estrecho de Tiquina. La carretera pasa luego por Huaqui, TIAHUANACO, y arriba a La Paz desde el sudoeste.

  • El otro, se desvía poco antes de arribar a Desaguadero y se interna por la península de Yunguyo ingresando a Bolivia por Copacabana. Un balseo atraviesa el estrecho de Tiquina y la carretera asfaltada continúa hacia La Paz, circulando al pié de la "Cordillera Real" y accediendo a la ciudad por el Noroeste.

Para no "tentarnos" quedándonos un día mas visitando las ruinas de Tiahuanaco y con la "excusa" de navegar por el Titicaca con el R12, elegimos la última variante.

Eso nos dejaría un motivo de peso para regresar a Bolivia: Visitar TIAHUANACO.

Lo hicimos recién 13,5 años más tarde en Nov2002 en un viaje que incluyó Sta. Cruz de la Sierra, Tiawanaco, "El Camino de la Muerte" y Salar de Uyuni.


Por suerte la primera parte del camino era asfaltado (ya estábamos un poco cansados de tanta tierra).

El placer del "silencio interior" duró poco. Cuando desviamos hacia Yunguyo (última población peruana antes de ingresar a Bolivia por Copacabana), comenzó nuevamente el ripio. Debo reconocer que en esos casos se acaba el "placer del silencio interior (del auto)" pero comienza el "placer del paisaje". No sé por qué razón, pero siempre los caminos de ripio o tierra transitan por paisajes mas vírgenes, más agrestes y pareciera que hay un contacto mucho más cercano con la naturaleza.

En la altiplanicie que rodea al lago Titicaca, de más de 3800 metros de altura, no se ven árboles. En realidad es muy difícil que en situaciones naturales y normales se hallen árboles por encima de los 3700 metros de altitud.

Por esa razón hacía unos días que no veíamos árboles, y no teníamos previsto verlos durante unos cuantos días más, hasta que bajáramos de la Puna por la Quebrada de Humahuaca.

Poco después de cruzar la colorida y subrealista zona de frontera Peruano-Boliviana en Yunguyo, arribamos a Copacabana. De allí es la muy venerada Virgen de Copacabana, a quien conocíamos por los multitudinarios festejos que viéramos realiza la comunidad Colla boliviana en lugares tan distantes como Buenos Aires, durante el mes de agosto.

El camino se hace de cornisa y faldea unos cerros mientras recorremos la península de Yunguyo.

Repentinamente cambia el paisaje y aparecen ¡árboles!

Si, bosques en la montaña que, con el lago como telón de fondo nos hacen pensar que estamos paseando por algunos de los lagos del sur argentino.

Insólito, pero muy bello y placentero.

Esta es otra de las cosas a las que no les encuentro explicación, pero aún a quienes disfrutamos con los paisajes áridos, agrestes, desérticos... cuando volvemos a ver algo de verde (y si tiene tronco mejor), se nos refresca y humedece el alma.

El cruce en balsa por el Titicaca, allí donde se une con el Huiñaimarca, fue inolvidable.

La barcaza, totalmente construida en madera, flexionaba y se retorcía con el peso del R12.

Nuestro asombro fue mucho mayor cuando vimos como, en otra balsa similar a esta en la que estábamos, transportaban un camión Mercedes Benz 1114 de más de 10 toneladas (con su carga).

Es una sensación extraña. Estamos muy alto, pero sabemos que podemos hundirnos muy profundo.

Ya del otro lado del estrecho de Tiquina, la costa del lago se hace suave. Las planas playas y los árboles alimentándose de su dulce agua, nuevamente nos confunden recordándonos algo tan "profano" como la Laguna de Chascomús (una laguna en la planicie pampeana de la Pcia de Buenos Aires, a solo 3 msnm).

El cielo está cargado, cargado de nieve y frío.

Las negras nubes ocultan parcialmente las nieves eternas de la "Cordillera Real", estamos llegando a La Paz.

El espectáculo que vimos desde El Alto (4.115msnm), a través de un alambrado de la autopista que "baja" a la ciudad, nos dejó boquiabiertos.

La Paz es una gran ciudad que se encuentra en el fondo de una gigantesca olla, 400 metros más abajo de la altiplanicie que la rodea.

Concurridas avenidas y calles. Numerosos peatones. Modernos rascacielos compartiendo entorno con construcciones coloniales o palacetes de principios del siglo XX son las imágenes que recuerdo de la capital de Bolivia.

Elegantes ejecutivos de impecables trajes y con maletín que se entremezclan con mujeres collas con su vestimenta clásica de varias polleras, una encima de la otra, sombreros bombín y multicolores sacos de lana tejida a mano.

Se hizo de noche.

Yo estaba destruido. La fiebre no había cedido en todo el día. El manejo por caminos de cornisa, el nerviosismo que implica todo paso de fronteras con el auto completamente cargado y la sempiterna duda acerca de si nos pedirán algún "papel" que no tenemos, el cruce del Titicaca en la dudosa barcaza y el ingreso a esa gran ciudad de intenso tránsito y totalmente desconocida, con anginas y transpirando por la fiebre, me habían dejado exhausto.

Estaba así, reclinado con la cabeza sobre el volante, estacionado en una empinada y oscura callejuela empedrada, mientras Liliana había bajado a averiguar por alojamiento.

Cuando levanto la mirada veo por el espejo retrovisor la silueta de un hombre pegado al baúl del R12 y con las manos como tratando de abrir la cerradura.

Salgo como una exhalación a increpar a ese personaje (sin saber lo que podía suceder). Cuando me acerco a .... hacer algo.... veo que flexiona levemente sus dos piernas, se cierra la bragueta del pantalón, se da vuelta y se retira dejando el charco detrás del auto...

Esa noche la pasé muy mal. Por un error de información ("Los hoteles en la Paz son muy baratos..." -Me había dicho un amigo que había andado por allí dos o tres años antes. "Con cinco dólares conseguís algo bastante bueno..." -Había agregado) andábamos con un presupuesto equivocado.

Fue así que terminamos pagando más de 20U$S por una pensión de mala muerte. Sin calefacción, sin agua caliente y con el baño en un patio abierto, bastante alejado de la pieza.

El cansancio, el frío, las anginas y la falta de agua caliente para el baño (con temperaturas bajo cero) hizo que nos acostáramos así no más, vestidos hasta con las camperas de cuero y sin sacarnos siquiera el calzado.

La fiebre me mantuvo tiritando toda la noche. La transpiración humedecía mi ropa y me preocupaba saber que al día siguiente debíamos continuar viajando sí o sí.

La licencia en el trabajo se acababa en cuatro días y no teníamos idea acerca de cuanto nos quedaba de viaje. Desconocíamos que tipo de camino habría y las distancias solo eran aproximadas. Además cuando se anda por la montaña es imposible hacer cálculos de tiempo sobre la base de distancias a recorrer.

Temprano en la mañana, desayunamos un té caliente y zarpamos con rumbo incierto. Solo sabíamos que debíamos apuntar hacia Oruro, al sur.

Salir de la ciudad, subir nuevamente a El Alto y "embocar" la "carretera" hacia Oruro ya nos insumió más de una hora.

¿Carretera, dije? Nunca mejor puesto el nombre, porque en realidad, en aquella época... era un camino de carretas.

Los aproximadamente 290 Km hasta Oruro, nos insumieron prácticamente todo el día. Y eso que el recorrido transcurre casi totalmente en una altiplanicie. Pero los gigantescos pozos que se sucedían uno a otro y kilómetro a kilómetro, no nos permitían usar mas que la primera y segunda marcha, haciendo, en casi todos los tramos, un promedio tan modesto como 20 Km/h.

Nuevamente llegué destruido a Oruro.

Menos mal que Liliana estaba "entera".

Ella se encargó de "pelear" con las bolivianas dueñas de pensiones, precios y comodidades.

¿Comodidades?

Nuevamente sin calefacción, sin agua caliente, sin baño en la habitación y (solo en Oruro), un trato muy poco amable.

Nuevamente, vestido a la cama, con campera de cuero y sudando como chivo por la fiebre que no cedía.

La helada mañana me gritaba que no me bañara, que moriría al solo contacto con el agua "al tiempo", como dicen ellos refiriéndose a que está a la temperatura ambiente (1 ó 2 grados sobre cero).

Otro día sin bañarnos, y van... 4, si, cuatro y sin sacarme siquiera la ropa húmeda de transpiración, en aquellos "hoteles" sin calefacción y con temperaturas de altiplano.

Así partimos nuevamente al día siguiente, el próximo destino sería ¿SUCRE? O ¿POTOSÍ? No lo sabíamos. Los mapas (fotocopias de diagramas hechos a mano alzada) no eran nada claros, había líneas "rectas" hacia ambas ciudades, y de allí volvían a salir algunos trazos hacia Villazón, unos pasando por ¿Tarija? otros por ¿Cotagaita/Tupiza? y otro "por el medio".

- Bueno, eso lo decidiremos mañana, digo. Hoy decidamos hacia donde "apuntamos" para intentar pasar la noche.

- Vayamos para Potosí (me dice Liliana), allí podremos ver el famoso Cerro del Potosí.

- Bien, allá vamos!!!

Sinceramente no tengo recuerdos de ese tramo del viaje, solo que el paisaje era muy bonito, la "carretera" continuaba en el mismo estado calamitoso que el día anterior, yo continuaba en el mismo estado calamitoso que los dos días anteriores.

Circulamos todo por montaña y hubo muchos cruces sin señalizar que tomamos al azar (tuvimos suerte porque, aún de noche, arribamos a Potosí).

Vuelta Liliana a su consabida tarea de "pelear" precios y comodidades en los alojamientos. (Los casi 30 días de travesía, los viajes en tren y en avión, habían "perforado" las reservas. Andábamos casi contando las monedas, tratando de no tocar el "fondo para emergencias", todavía faltaban casi 2.500 Km hasta casa y "la emergencia" -la verdadera- se puede presentar en cualquier momento).

Vuelta a dormir en una "pensión", sin calefacción, sin agua caliente y con baño "compartido".

Cabe aquí una aclaración: No encontramos en aquel entonces en Bolivia hoteles de "medio pelo" (2 o 3 estrellas para la clasificación internacional), solo éstas pensiones de las que les hablamos y, en las grandes ciudades, hoteles de 4/5 estrellas con precios de 100 a 300 dólares la noche (demasiado para los sueldos argentinos de 1989).

Vuelta a dormir vestidos y sin bañarnos.

Ya solo soñábamos en entrar a Argentina y llegarnos hasta el Motel de ACA en Tucumán, con generosa calefacción y agua caliente además de pulcras sábanas y toallas.

A la mañana siguiente la fiebre ya había aflojado un poco.

Decidimos hacer un pequeño paréntesis en nuestra maratón de regreso a casa y nos fuimos a pasear por la Plaza de Potosí. Arreglamos en la pensión que volveríamos cerca del medio día para darnos una ducha y continuar camino.

El "conserje" nos explicó que, si bién las habitaciones había que desalojarlas a las 10 de la mañana, el nos esperaría hasta las doce.

Por fin a estirar las piernas, despues de tres días de permanente manejo y "navegación".

Potosí se formó al pié del generoso cerro que colmó de plata y oro las arcas de la corona de españa (y las de algunos piratas que inteceptaban los navíos con el precioso cargamento que hacía una intrincada ruta).

La mita fue la institución con la que los representantes del rey en América, sometieron a los nativos a trabajos inhumanos para satisfacer su voraz apetito.

Aún hoy, gran parte de la actividad de Potosí está relacionada con el cerro y sus riquezas, hasta el turismo.


Fue así que, paseando por la Plaza de la ciudad se nos acerca un "guía" turístico "free lance" a ofrecernos una excursión al Cerro del Potosí. Arreglamos por unos pocos pesos y, al rato, nos hallábamos montados en un colectivo de línea, junto con el guía y un grupo de judíos israelitas que tambien habían "picado", entre medio de los pasajeros "naturales" de aquel "bus".

El bus, camión F350 con una precaria carrocería de pocos asientos y muchos pasamanos de los que nos aferrábamos todos los que viajábamos de pié, cinchaba dejando una espesa humareda negra mientras trepaba por angostas callejas empedradas, abriéndose paso a "bocinazo limpio".

Las calles tenían pendientes "imposibles", sin embargo, el conductor la emprendía contra ellas con la soltura y sapiencia de quien realiza ese recorrido 20 veces por día.

El trayecto se aleja un poco del centro de la ciudad (no mucho) y ya estamos en el cerro. Claro, el cerro del Potosí tiene 4,533 metros de altura pero el centro de la ciudad está a 3.950. Desde allí parece solo una colina de 600 metros.

El bus nos deja a 4.150 metros de altura, justo en las bocaminas.

Allí nos reune el guía y nos cuenta las historias del Cerro.

Codicia, sometimiento, trabajo "esclavo", obreros que literalmente no veían la luz del sol por años. Que enceguecían cuando salían a la superficie.

Historias de liberación, de socialización de la riqueza, de empresa estatal (con ciertas normas de seguridad) y de la existencia actual de mineros "cuentapropistas" o de "cooperativas" que, sin asesoramiento técnico, construyen galerías "a la buena de Dios", siguiendo la veta, pero sin prever la estabilidad del cerro en su conjunto que "hoy día es bastante precaria" afirma, " el cerro es un verdadero queso gruyere".

Nos muestra las herramientas con que trabajan los "cuentapropistas", (justamente estamos en la bocamina de una "cooperativa"), son lámparas de carburo, maza y cincel. Dinamita y baldes de acarreo.

La empresa estatal, explica, dispone de herramientas hidráulicas, vagonetas y pequeñas locomotoras eléctricas, cascos, lámparas a batería, iluminación en las galerías, etc.

Dicho esto, la visita concluye, pero, ofrece a quién lo desee que, por una "propina" a la gente de la cooperativa nos dejarán entrar a las galerías a ver cómo trabajan.

Nos cruzamos la vista con Liliana y, en los ojos de ambos brilló la luz de la inconsciencia. Fuimos los primeros "anotados" para entrar.

La galería, de no mas de un metro de altura, nos obliga a entrar con la espalda bien doblada.

Las lámparas de cobre, alimentadas con carburo que nos proveyeron, emiten una ténue luz que no logra romper la espesa obscuridad de aquellos pasadizos.

Seríamos 6 o 7 los osados que en fila india nos deslizábamos con cierta dificultad por la estrecha galería oyendo todo tipo de sordos ruidos que emanaban de las entrañas de la montaña.

El resoplido de nuestras respiraciones comenzaba a prevalecer sobre los otros sonidos. Caminar, agachado y a 4200 metros de altura no es una actividad cómoda para novatos en esas lides.

A medida que avanzábamos nuestros ojos se acostumbraban a la obscuridad y comenzábamos a ver detalles y podíamos esquivar las salientes que golpeaban en nuestras cabezas y enganchaban nuestra ropa.

De una galería desviamos hacia otra y luego otro giro y otra galería. La temperatura del interior del cerro iba aumentando. El abrigo que llevábamos puesto para mitigar el frío de la mañana y de la altura del Potosí ya nos molestaba. Yo continuaba con mi "incorporada" campera de cuero de la que no me había desprendido en los últimos cinco días (y noches). Las gotas de transpiracion corrian por la espalda y se detenían en el elástico de la ropa interior.

¡Paren por favor, recuperemos el aliento!

Desde que abandonáramos la galería principal, las siguientes se iban estrechando cada vez más hasta que los hombros no dejaban de golpear permanentemente con las paredes. Si queríamos que eso no sucediera debíamos agacharnos aún más, pero ya íbamos en cuclillas. El vientre apretado no nos dejaba respirar. La cara empapada en sudor, las manos percudidas de polvo, tizne y golpes.

De repente, la galería comienza a ensancharse.

Ya no vemos las paredes.

Un silencio especial, hueco, como de vacío y la voz del guía que nos ordena detenernos.

¡Ni un paso más!

Nos "clavamos" en el piso.

No vemos nada, hemos perdido toda referencia.

No vemos techo ni paredes. Solo el piso debajo de nuestro zapatos.

El guía me invita a que tome una piedra del piso y la lance hacia adelante. Hacia la obscuridad total.

Extrañado por la indicación lo hago.

5 o 6 interminables segundos después que la piedra abandonó mi mano comenzamos a escuchar como golpea en algun lugar, adelante y abajo.

Rebota varias veces y el ruido se confunde con los ecos que vienen de todas direcciones.

Allí nos explica que estamos ante una gran caverna horadada por el hombre siguiendo una importante veta. Esta caverna tiene mas de cincuenta metros de profundidad y otro tanto de diámetro.

- Cabría un edificio de 20 pisos (pienso para mis adentros) ¿Y cómo se sostiene esto? Sigo pensando. Mejor "rajemos".

Pareciera que leyó mis pensamientos porque nos invita a salir de allí por otra estrecha galería.

- Ahora los llevaré a ver cómo trabajan buscando el mineral.

A poco de andar ya estábamos todos sin aliento nuevamente.

Por suerte esa galería desembocó en una un poco más alta, casi como la de ingreso y que además tenía un par de rieles para las vagonetas.

Cada 100 metros aproximadamente tenía esta galeria un "ensanche" que nos permitía reagruparnos.

Caminaba yo detrás del guía, semiagachado como en toda la última hora, cuando le pregunto cuál era la verdadera utilidad de esos ensanches de la galería.

Allí me explica que, como los trabajadores de este sector no tenían locomotora para arrastrar sus vagonetas, construían las galerías en declive hacia afuera de la mina, para que la gravedad hiciera el trabajo por ellos cuando la vagoneta estaba llena.

Como las vagonetas bajando en "caida libre" por el plano inclinado no tenían control, cada tanto existían esos ensanches (justo estábamos llegando a uno) para que los operarios pudieran hacerse a un costado ante el paso de la vagoneta "descontrolada".

¿Y como saben cuando viene?

- Por el ruido, (me contestó). Precisamente ahí se escucha una.

Habíamos terminado justo de acomodarnos contra la pared, cuando pasa, como una exhalación una vagoneta cargada con una tonelada de piedras rumbo a la salida.

Mis cálculos no "cerraban" para que, en el escaso tiempo entre que comienza a escucharse el ruido de la vagoneta y el momento en que pasa, uno pueda recorrer, agachado, los cincuenta metros que pueden separarlos del "ensanche" más cercano.

Empecé a desear intensamente salir de esa galería con rieles.

Otra vez el guía debió leer mis pensamientos porque nos indica que pasaremos a una galería superior.

- ¿Superior? ¿Tendrán montacargas?. Pensé.

- Por aquí, por aquí dijo indicando un hueco en el techo.

- ¿Pero cómo vamos a subir por allí?

- Así (contesta), pisando en las salientes laterales de las rocas (nos muestra).

Realmente al principio pareció difícil, luego más fácil y luego nuevamente difícil.

Es que, despues de haber subido unos diez metros, la falta de oxígeno en aquella chimenea que se había angostado a unos 50 cm y la sensación de claustrofobia sumada al calor, hacían la tarea insoportable.

Me sorprendía que Liliana siguiera inmutable, ni una queja. A decir verdad estaba excitadísima con la aventura.

Un pié, un codo, otro pié, otro codo buscando las salientes de la chimenea para poder seguir ascendiendo.

- Si se cae alguien hace "pelota" a todos los que vienen detrás (pensaba).

Pensar. ¿Para qué pensar? Si me pongo a pensar tengo que pensar en qué estaba pensando cuando me anoté para meterme acá adentro.

Honestamente pensé que era mas "light", que estaba "pensado" para turistas...

Pero, que pienso, si estos son unos inconscientes que no tienen ninguna medida de seguridad para con ellos, ¿Las van a tener para unos, que les tiran unos pesos para que los dejen entrar?

¿En que pensaba cuando no pensé lo que tenía que pensar?

¿Por que estoy pensando ahora lo que debí haber pensado antes?

Bueno, por fin, tanto pensar se me pasó el tiempo y ya llegamos.

Era otra galería con rieles (la p... qlp).

Por suerte avanzamos unos pocos metros por esa galería cuando nos señala, en uno de los laterales de roca, un orificio tipo "cueva de ratones" de no mas de 60cm de alto.

- ¿Y quién se va a meter por allí? (pienso... ¿para qué sigo pensando?)

Al poco rato era yo el que me abría paso a codazos para ser el primero en "sumergirme", pensando que en cualquier momento podría aparecer "la vagoneta descontrolada".

Era una "chimenea" similar a la anterior, pero descendente.

A los 5 o 6 metros y luego de un pequeño tramo horizontal, desembocaba en un hueco mayor, de 1,20 x 1,20 x 1,20 mts en donde se encontraban dos "mineros" golpeando, con una masa de tres kilos, un barreno de unos 90cm de largo y unos 2,5 de diámetro.

Cuando llegaran a perforar unos 75 cm tendrían el hueco para poner el cartucho de dinamita.

Estaba primero en la fila de los "visitantes" así que me invitaron a dar un par de masazos al barreno.

En ese minúsculo espacio eramos una multitud. A decir verdad varios tuvieron que quedarse en el estrecho "pasillo" y alguno hasta en la chimenea.

Faltaba el aire, en realidad casi todo el espacio estaba ocupado por "carne humana" y no quedaba lugar para aire. Aire que a su vez tiene oxígeno a muy baja presión y que se acaba rapidamente. El sudor que corría por mi frente, ¿sería de calor? ¿de falta de aire? ¿de claustrofobia? ¿O sería algún otro sentimiento oculto?

Faltaba muy poco para que el hueco estuviese terminado y pusiesen el cartucho de dinamita.

El guía solicitó que fueran saliendo y, en este caso, los primeros seríamos los últimos.

Mientras los últimos salían primero, los mineros concluyeron la perforación y pude ver como colocaban el cartucho de dinamita.

- Ponemos mecha para dos minutos (me explicó uno de ellos).

Con un pié en la chimenea pude ver como encendían aquella mecha y salí disparado hacia arriba.

- ¿Y si me hubiera patinado? Pensé después.

Pienso... pienso... ¿Para que pienso?, o pienso antes o mejor no pienso.

Terminaron de salir los dos mineros, nos pusimos todos contra la pared sobre la que se encontraba la salida tipo "cueva de ratones" y, a los 10 segundos... la explosión.

No fue tanto como imaginé que podía ser.

Ruido sordo, hueco, algunas piedras y mucha tierra salió de la "cueva de ratones"... y un breve temblor.

¿Temblor dije? ¡Y esto es un queso gruyere...!!



Eran las 13:30 cuando llegamos a la pensión.

El "conserje" ya nos había sacado los bolsos de la pieza y colocado al lado del R12.

No nos dió la cara para pedirle que nos dejara bañar.

Deberíamos viajar con la "mugre" de los 5 días anteriores, más la que habíamos acumulado en el interior de la mina.

El pelo lleno de tierra, arena y pedregullo. Con olor a azufre.

La ropa: camperas y vaqueros sucios como para tirar en el primer tacho de basura.

Para más la etapa de ese día (pretendíamos llegar a Villazon/La Quiaca y de allí a Tucumán a cualquier costo) comenzaba con mas de 5 horas de atraso, por la "licencia" que nos habíamos tomado para visitar la mina.

Tarde, muy tarde, aún para llegar a Villazón, a solo 300 Km de donde estábamos.

300 Km que la experiencia de días anteriores nos indicaba que podría insumir una jornada completa.

Decidiríamos, casi al azar si ingresaríamos a Argentina vía Tarija o vía Tupiza.

Confiamos en que el estado de los caminos nos ayudaría en la elección.

Bueno, el estado de los caminos no ayudó, eran todos iguales en aquellos años; ¡Desastrosos!.

Continuaban las mismas características que las que describiéramos desde poco despues de la salida de La Paz.

Nota: El estado de los caminos principales de Bolivia ha cambiado sustantivamente. El tramo este, descrito para estas tres jornadas, se encuentra hoy (año 2004) casi totalmente asfaltado. Eso sí, continúan con la mala costumbre de no poner el mínimo cartel indicador en las rutas secundarias, ni en cruces ni en pueblos, ni siquiera uno puede saber por que ruta anda, y poco adelanta consultar con los escasos pobladores de las zonas alejadas de la civilización, que manejan sus propios nombres para los pueblos y comarcas. Algunos varones mayores, saben si ese camino llega a un próximo pueblo (cuyo nombre generalmente no figura en el mapa), pero desconocen que hay más allá. Miden las distancias en términos distintos que nosotros, generalmente en "tiempo" necesario para arribar a un lugar, sin especificar si ese tiempo se demorará yendo a píe, en mula, en camión, o en jet.

Esta situación vivíamos en 1989 transitando por caminos que hoy son Rutas Nacionales con señalización.

En una de las tantas infructuosas consultas a los escasos publadores que nos cruzábamos en el camino, alguien nos indicó que posiblemente debiéramos tomar para Cotagaita para llegar a Argentina señalando un desvío secundario del secundario camino por el que transitábamos.

El sol se estaba poniendo y no nos supo decir, ni en kilómetros, ni en tiempo, ni en leguas, cuánto nos faltaba para nuestro ansiado destino.

"Este camino estaba aún peor que el que acabábamos de abandonar, pero nada nos garantizaba que el otro camino, pocos kilómetros más adelante no estuviera en las mismas condiciones que este. Además no sabíamos adonde conducía, mientras este sí sabíamos que nos llevaría a Cotagaita aunque no supiéramos dónde quedaba Cotagaita".

Los pocos y pequeños pueblos por los que pasábamos se encontraban totalmente a obscuras y sin pobladores a la vista.

Seguíamos avanzando lentamente. A eso de las diez de la noche se largó a llover.

El camino de ripio pero con abundante tierra comenzó a hacerse patinoso a medida que la tierra, humedecida por la lluvia, se convertía en barro.

Así se hicieron las doce de la noche.

No teníamos la menor idea de por dónde andábamos.

¿Cotagaita?

- No sé.

¿Ya habremos pasado? ¿Faltará para llegar? ¿Habremos errado en alguno de los tantos cruces sin señalizar y nos estaremos dirigiendo a la selva de Yungas?

- No sé, no sé, no sé.

A esta altura ya estaba bastante nervioso por tantas horas de conducción después de nuestra incursión matinal a las minas del Potosí y por tanta incertidumbre.

Estaba en eso, cuando, después de una barrida del limpiaparabrisas, veo, brillando en la obscuridad de aquel camino barroso, una lucecita roja.

Otra barrida del limpiaparabrisas y ya eran dos las lucecitas, luego tres y más y más.

Al acercarnos, luego de concluida la leve curva, divisamos que se trataba de una "cola" de camiones y algún destartalado ómnibus de pasajeros.

Avanzo lentamente por el costado de aquella cola y descubro, entre la obscuridad y la lluvia, que lo que detenía a esos transportes era un río, cuyas aguas habían crecido por la precipitación pluvial.

Del otro lado, a unos 50 metros, una hilera de luces blancas de los vehículos detenidos en la orilla opuesta, a la espera que bajen las aguas.

Lo medité no más de 10 segundos.

Impulsado por el incontenible deseo de llegar a Villazón, cruzar a Argentina y encontrar un hotel con cama limpia y agua caliente para el postergadísimo baño, decidí retroceder...

Tomar envión y lanzarnos al cruce de aquel río, sin ver absolutamente nada de lo que encontraríamos en el camino.

El R12, dió un violento panzaso al tomar contacto con el agua, ayudado por el "chapón" integral que proteje los bajos del motor.

A los 15 metros me dí cuenta que las ruedas no traccionaban. En realidad el R12 "flotaba" y era arrastrado por la corriente río abajo, en la obscuridad más absoluta.

El envión tomado previamente permitió que tambien se siguiera desplazando hacia adelante.

Una providencial isla de arena y pedregullo (que no habíamos visto), permitió que tomáramos velocidad nuevamente, velocidad que consiguió darnos el impulso necesario para cruzar la otra rama del río.

El Renault salió, por la orilla opuesta, ovacionado por los camioneros que allí esperaban "mejores condiciones" para cruzar ellos.

Tal era mi desesperación para llegar a algún destino que ni siquiera me detuve un instante. Con la misma velocidad con que tomamos tierra continuamos viaje.

Eran las 2 y media de la madrugada cuando ingresamos a una población mas importante.

¿Sería Villazón?

¡SI! La avenida con boulevard central nos condujo hacia un enorme cartel que anunciaba la frontera con Argentina pero...

No había nadie, la Aduana estaba cerrada hasta las 8 de la mañana.

Imposible cruzar.

¿Deberemos dormir un día más en Bolivia? Sin calefacción, sin agua caliente, SIN DUCHA!!!

Buscamos hasta mas de la 3 y media por un alojamiento.

Los pocos que había (muchos de ellos con piso de tierra) estaban cerrados por la hora tan avanzada.

De nada sirvieron los golpes que propinamos en puertas y ventanas procurando que nos atendieran.

Nadie salió.

Conclusión.

Debimos reacomodar toda la carga de los asientos posteriores del R12 (bajo la lluvia), para poder reclinar los asientos delanteros y dormir vestidos (por sexta noche consecutiva) con algunos grados bajo cero de temperatura ambiente, más la ineluctable perspectiva de continuar viajando el día siguiente en las mismas condiciones de higiene personal.

De cenar? Ni hablar.

Ahora me acuerdo, que con la prisa por el atraso, salimos de Potosí sin probar bocado.

El baño reparador llegó la noche del séptimo día, en el A.C.A. de San Miguel de Tucumán.

Litros y litros de agua caliente y varios panes de jabón fueron necesarios para sacarnos tanta "mugre" acumulada.

La famosa y fiel campera de cuero que me acompañó dia y noche, aún muestra las heridas que en ella dejaron las estrechas galerías de las minas del Potosí.

Una jornada más, de 1480 Kms por asfalto, nos depositó en casa.

Mi esposa se juró a si misma nunca más "programar" un viaje de esas características, pero, a decir verdad, al año siguiente nos fuimos a una recorrida de más de 10.000 Km por la Patagonia.


TODAS LAS ETAPAS DE ESTE VIAJE

 1 ARG. De Buenos Aires a la Costa de Pacífico en Chile  
 2 CHILE: Reñaca, La Serena, Caldera, Puesto Fragüita  
 3 CHILE: De Puesto Fragüita (Tocopilla) a Iquique .   
 4 CHILE: De Iquique a Arica (Frontera con Perú)        
 5 PERÚ: De Arica a Tacna (frontera), Mollendo y Arequipa    
 6 PERÚ: De Arequipa a Cusco y Valle Sagrado    
 7 PERÚ: MACHU PICCHU     
 8 PERÚ: Cusco, Arequipa, Juliaca y Puno   
 9 BOLIVIA: Copacabana, La Paz, Oruro, Potosí, Villazón, Buenos Aires.
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